Damas y… ¿caballeros?
La utopía del hombre evolucionado
El caballero vio a su padre consultar con su mujer para la toma de decisiones, mientras el hombre, en lugar de ver una conversación previa, vio una discusión posterior.
E.G.
En la búsqueda de las características que pueden hacer la diferencia entre un hombre en el sentido de homo sapiens cualquiera, y un verdadero caballero, de acuerdo a lo que pudiera entenderse hoy día por tal concepto, me pareció razonable preguntarle a algunos de mis contactos cuál creían ellos que era la respuesta. Felizmente, muchas respuestas del sondeo resultaron divertidas. Me encontré con que para algunos, la diferencia es profunda; para otros, superficial. Unos me dijeron que los caballeros ya no existen… (¿qué sería lo que pudiera haber quedado a cambio?), otros, que los caballeros eran quienes andaban a caballo y con armadura, por lo cual hoy sólo habría uno que otro caballero en las estatuas, y llegaron a decirme incluso que la diferencia la hacía un anillo…
Para la mayoría de los hombres, un caballero supuso aquel individuo que ha recibido educación y que se ha cultivado intelectual, espiritual y humanamente. Para los más sofisticados, un caballero resultó ser quien posee buen trato, modos amables, honestidad, palabra y transparencia, no sólo para con las mujeres, si no con cualquier persona, y esto último puede ser considerado un importantísimo detalle para no confundirse entre un galancete cualquiera y un caballero de verdad.
Hubo quienes pensaron en todo, y me dijeron que para ellos un caballero es un hombre educado, con buenas maneras, un sujeto considerado, un hombre tolerante, ¡ÍNTEGRO!, además de tener prestancia natural, porte… en fin, una persona que hace sentir bien a quienes le rodean, sin fingirse superior.
Las chicas, en tanto, coincidieron en los principios básicos de educación, buenas maneras e integridad, pero evidentemente, y como era de esperarse, fortalecieron el ítem “buenas maneras”: caballero es un personaje respetuoso y paciente, “no el inútil que sólo piensa en una cosa…” me llegaron a decir; así también postularon que un caballero nace -al más puro estilo inglés tradicionalista-, que es un tema de esencia, algo difícil de llevar a palabras…
Luego de leerlos a todos y todas, desprendo que quien nace es un hombre: un caballero se va formando a medida que conoce el mundo y la mayor parte de las cosas importantes que éste conlleva, sabiendo interactuar con él y aprendiendo a enfrentar los diversos escenarios que se le presenten –premisa fundamental de la inteligencia-.
Va convirtiéndose un hombre en un caballero, producto de los estímulos que reciba, los que lo pueden llevar a transformarse en un tipo considerado con los demás, un hombre capaz de sentir compasión por el dolor ajeno, presto a ayudar cuando se le necesita, sin esperar nada a cambio. Un caballero es educado, sin duda, pero lo que lo vuelve tal, es mucho más que eso.
Ser un verdadero caballero es un ideal al que se aspira, no una condición que sencillamente se posee. Alguien me dijo que la caballerosidad no se evalúa: simplemente se sabe cuando estás o no frente a un caballero, y la sensación es muy diferente que cuando estás frente a un patán. Sí, un patán: ese sujeto maleducado, sin tacto, un hombre que parece no tener raíces y que no tiene afecto especial por nada, ése que va por la vida de manera liviana, sin que nada le importe nada, al que le da lo mismo terminar o no lo que empezó, que no es capaz de cumplir con su palabra y que no valora las cosas esenciales, un tipo que luce sucio, pero desde adentro. Sin duda quienes leen han conocido, como yo, a más de estos últimos que los que nos supone la motivación de este artículo…
Para finalizar, y como me dijo uno de mis más valiosos colaboradores, la caballerosidad brilla como una estrella en el horizonte, que se debe seguir a sabiendas de que siempre irá delante. La caballerosidad nunca se alcanza del todo, es un propósito constante que termina siendo placentero y que engrandece a quien lo cultiva, pues hace la vida más agradable a quienes le rodean.
Usted, señor, trate de alcanzarla, hágalo como un ejercicio diario. Le aseguro que al cabo de poco tiempo será mucho mejor persona, y la estampa de caballero es, como diría MasterCard, priceless, inapreciable.
P.D.: Sobra decir -para los que iban a saltar a preguntarlo-, que casi todo lo dicho se aplica también a “¿Qué cree usted que diferencia a una mujer de una dama?”, cambiando ciertos matices, evidentemente.
Majo.














